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Cómo preparar vísceras y menudencias correctamente para tu perro en casa

Cómo preparar vísceras y menudencias correctamente para tu perro en casa

Pucha, si me hubieran dicho hace tres años que iba a pasar mis domingos cortando riñones de pollo mientras escucho un podcast sobre crímenes reales, no me lo creo. Pero aquí estoy, en mi departamento del cerro, con el aire salado que entra por la ventana de la cocina y el aroma del zapallo mezclándose con el olor metálico del hígado fresco. Olivia está sentada justo detrás de mí, tan cerca que siento su respiración en las pantorrillas. Ella sabe que el sonido del cuchillo contra la tabla de madera significa que la semana viene buena. Lo que ella no sabe es cuánto me costó a mí perderle el asco a estas texturas y, sobre todo, entender que las vísceras no son un "extra" que se echa a la olla al ojo, sino la parte más potente de su plato.

Todo esto empezó después de ese año terrible en que pasamos de marca en marca de comida seca, visitando a los especialistas en la clínica cerca de Plaza Aníbal Pinto porque la pobre Olivia no retenía nada. Fue un proceso lento, de mucha paciencia y de aprender que cocinar para un perro no es lo mismo que hacerme un arroz con huevo a la rápida. El primer domingo de lluvia el invierno pasado, me di cuenta de que mi balanza de cocina ha trabajado más horas este año que mi propio horno procesando los pedidos de Olivia. Y es que, cuando te metes en el mundo de las menudencias, la precisión (aunque sea a mi manera, un poco al lote pero con cariño) es lo que marca la diferencia entre una digestión perfecta y una noche de limpiar el pasillo con cloro.

El enredo entre el corazón y el hígado: ¿Qué es qué?

Al principio, yo pensaba que cualquier cosa que no fuera pechuga de pollo entraba en el mismo saco de "menudencias". Error de principiante, po. Me acuerdo que después de los primeros tres meses de cocina casera, le serví a la Olivia una ración que era casi puro corazón, pensando que lo estaba haciendo fantástico. Al día siguiente, la pobre tenía una energía que no se la podía, pero la guata le sonaba como una orquesta. Ahí fue cuando me puse a leer en serio y abrí por fin los cursos que había comprado.

Resulta que el corazón, aunque se vende en la sección de menudencias del Mercado Cardonal, nutricionalmente es carne de músculo. Es súper valioso porque tiene mucha taurina, pero no cumple la función de una víscera secretora. Las que de verdad importan para el aporte de vitaminas son el hígado, el riñón y el bazo. El hígado es como una bomba de Vitamina A, cobre y hierro; es lo más denso que le puedes dar. El problema es que, como es tan potente, si te pasas, la diarrea está garantizada. Lo que me salió mal aquí fue no entender esa distinción: el corazón es músculo duro, el hígado es el multivitamínico natural.

Hígado y corazones de pollo crudos sobre una tabla de madera en una cocina.

La regla del 10% y el límite del hígado

Para no andar adivinando, me sirvieron mucho las calculadoras que bajé de Hotmart. Me ayudaron a entender que, en una dieta balanceada, las vísceras deben representar más o menos el 10% del total de la comida. No es que yo ande con el cronómetro y el gramaje exacto de un laboratorio, pero sí trato de que lo que cabe en la palma de mi mano sea la medida justa. Dentro de ese 10%, el hígado no debería pasar del 5% del total de la dieta para evitar una toxicidad por vitamina A, que suena súper técnico pero es básicamente no intoxicar a tu perro por dárselas de generosa.

Una tarde de edición de audio hace unas semanas, me distraje y eché el doble de hígado de pavo en la olla. Pensé: "bueno, no le va a hacer nada por una vez". Fome la decisión. Olivia pasó dos días con la guata suelta. Por eso ahora, aunque use tazas o puñados para el arroz integral y el zapallo, para el hígado uso la balanza sí o sí. Es la única forma de no pifiarle a las proporciones. Si te interesa armar bien las porciones de la semana para no andar corriendo a última hora, yo escribí hace un tiempo sobre cómo preparar comida para perros para toda la semana sin errores, que es básicamente lo que me salva la vida cada domingo.

Cocinar para nutrir, no para destruir: El secreto de la temperatura

Aquí es donde me pongo un poco pesada con el método, porque es lo que más me costó aceptar. Yo soy de las que piensa que si la carne no está bien cocida, es peligrosa. Pero con las vísceras, la cosa cambia. El gran secreto que aprendí es que cocinar las vísceras en exceso para mayor seguridad destruye nutrientes vitales que son súper frágiles al calor. Si dejas el hígado hirviendo media hora hasta que parece un pedazo de caucho gris, le mataste casi toda la biodisponibilidad de las vitaminas esenciales.

Lo que yo hago ahora es una cocción mínima. Busco que la temperatura interna llegue a los 74°C, que es el estándar de seguridad para matar cualquier bicho raro en las aves, pero nada más. Es un toque rápido. Siento la textura resbaladiza del hígado crudo bajo mis dedos (que todavía me da un poco de cosa, no te voy a mentir) y la tiro al agua cuando el zapallo ya está casi listo. El contraste con el calor del vapor del zapallo recién hervido hace que se cocine por fuera pero quede tierno por dentro. Si te pasas, no solo pierde nutrientes, sino que el olor se vuelve súper fuerte; una vez hice un mix de vísceras de pescado y el departamento olió como el muelle de Caleta Portales por dos días seguidos. Nunca más.

Cocinando zapallo e hígado al vapor en una olla de acero inoxidable.

El bazo y el riñón: Los invitados difíciles

No siempre es fácil encontrar bazo o riñones frescos. A veces en el Jumbo no hay nada y tengo que partir al Mercado Cardonal temprano. El riñón tiene un olor... especial, por decir lo menos. Un truco que me enseñó una vecina que también le cocina a su quiltro es dejar los riñones en agua con un chorrito de limón o vinagre unos minutos antes de cocinarlos. Ayuda a que no dejen ese aroma a orina tan fuerte en toda la casa.

El bazo es otra historia. Es súper baboso y difícil de cortar si no tienes un cuchillo bien afilado. Pero vale la pena el esfuerzo porque aporta minerales traza que no vas a encontrar en la pechuga de pollo ni en el arroz. Yo lo corto en cubitos chiquititos para que se mezclen bien con el zapallo molido, porque si Olivia pilla un trozo grande y no le gusta la textura, me lo deja al fondo del plato y se come todo lo demás.

Lo que me salió mal (para que no te pase a ti)

Si estás empezando, te vas a equivocar. Es parte del proceso de dejar el alimento seco. Yo dejé de recomendar esos sobres de "comida húmeda" de marca de supermercado que antes le daba como premio, porque después de ver lo que es un hígado de verdad, te das cuenta de que esos sobres son puro colorante y espesante. Pero en mi camino casero también metí las patas:

Balanza digital pesando vísceras cocidas con notas sobre proporciones nutricionales caninas.

La satisfacción de la ración perfecta

Durante la preparación de comidas del último mes, he perfeccionado mi técnica de "ensamblaje". Mientras el audio de algún cliente se procesa en mi computadora, yo estoy en la cocina armando los pocillos. Uso un puñado de arroz integral, un buen trozo de zapallo camote (que aquí en Valpo se da increíble) y mi mezcla de vísceras cocidas al punto. Es increíble cómo Olivia reconoce el sonido metálico de la tapa del Tupperware; aparece al tiro, moviendo la cola con una fuerza que casi bota las plantas del pasillo.

Verla comer con esas ganas y, sobre todo, ver que sus deposiciones son firmes y que no ha vuelto a tener esos ruidos de guata espantosos, me confirma que todo el esfuerzo vale la pena. No soy veterinaria, ojo, y siempre les digo a mis amigas que antes de lanzarse a esto hablen con su médico de cabecera. Yo sigo consultando con la veterinaria de Plaza Aníbal Pinto cada vez que quiero introducir algo nuevo, como cuando empecé a usar la calculadora de alimentación cocida para perros adultos para ajustar las porciones ahora que Olivia está un poco más sedentaria.

Contenedores de comida casera preparada para perro con zapallo, arroz y vísceras.

Al final del día, cocinar vísceras es un acto de paciencia. Es ensuciarse las manos, aguantar olores raros y dedicarle una mañana de domingo a pesar menudencias en una balanza que ya no sabe lo que es pesar harina para un queque. Pero cuando veo a Olivia durmiendo tranquila a mis pies mientras termino de editar, sé que cada gramo de hígado cuenta. Si te animas, empieza de a poco, no te frustres si el primer lote huele fuerte y, por favor, no recocines el hígado. Tu perro te lo va a agradecer con una salud que no se compra en ninguna bolsa de 15 kilos.

Si todavía tienes dudas sobre por qué tanto trámite con el peso, date una vuelta por mi post sobre por qué empezar a pesar comida casera para mascotas cada semana. Ahí explico mejor por qué mi balanza es mi mejor amiga en esta cocina de cerro.

Nota: Para que quede claro: lo que lees aquí es mi propia perspectiva -- no es consejo profesional. Para temas de salud o dinero, pide siempre la opinión de un profesional que conozca de verdad tu situación.

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