Adriana Mejía
Editora de audiolibros y cocinera de domingos para mascotas
Sobre la autora
Vivo en un tercer piso sobre el centro de Valparaíso con Olivia, una labradora que adopté en un refugio de Viña del Mar en 2019, y dos gatos atigrados que llevan conviviendo con ese escepticismo propio de los gatos. Trabajo editando narraciones de audiolibros desde un escritorio pegado a la ventana de la cocina.
Durante el año previo a 2023, Olivia pasó por tres marcas distintas de pienso y dos especialistas en la clínica cerca de Plaza Aníbal Pinto. Ninguna solución duró más de algunas semanas. La veterinaria que la atendió en el último turno fue directa: probar con pollo cocido y arroz, sin más. Funcionó en menos de dos semanas. Empecé a llevar un cuaderno con los cálculos, busqué cursos en Hotmart para entender las proporciones, y aprendí a distinguir qué parte del fracaso anterior era el pienso y qué parte era el ritmo con que lo cambiaba.
Los domingos por la tarde la cocina huele a muslo de pollo hirviendo y zapallo cocido lento. Ese es el momento de la semana en que preparo la comida de Olivia para los días siguientes: cinco Tupperware rectangulares, etiquetados por fecha, apilados en el congelador. El olor a hígado de pavo tarda en irse de la ropa. Eso lo supe en la primera tanda, antes de terminar. Los gatos aparecen también durante la cocción, aunque ellos preferirían que no lo mencionara.
La autoridad detrás de estas páginas viene de tres años cocinando para esta labradora y estos dos gatos, no de un título en nutrición animal ni de formación veterinaria. Tengo una balanza digital que ve más uso que el horno y un cuaderno con los errores incluidos: el lote con el ratio de grasa demasiado alto que le arruinó el domingo a Olivia, la receta de pescado que olía al muelle de Caleta Portales durante dos días seguidos. Los aciertos llegaron después de esos intentos, no antes.
Cada vez que publico sobre un cambio de dieta, lo digo de frente: lo que funciona aquí viene de una labradora de seis años y dos gatos atigrados en un piso de cerro, no de datos clínicos. Para ajustes reales, tu veterinaria tiene la última palabra.
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