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Cómo reducir el estrés de los gatos durante una mudanza reciente

Cómo reducir el estrés de los gatos durante una mudanza reciente

Una noche de viento fuerte en el cerro, poco después de desempacar las últimas cajas en el tercer piso de este departamento, mis dos gatos se convirtieron en sombras invisibles bajo la cama, ignorando incluso el aroma del pollo recién cocido que suele volverlos locos. No importaba que Olivia, mi labradora, ya se hubiera adueñado del rincón más soleado del living; los gatos estaban en otro planeta, uno mucho más oscuro y lleno de desconfianza. El viento de Valparaíso no ayudaba, golpeando las ventanas con esa fuerza que te hace pensar que el vidrio es de papel, mientras yo intentaba editar un audiolibro de ficción histórica entre cajas de cartón amontonadas y el silencio sepulcral de mis felinos.

El silencio de los gatos y el caos de las cajas

Durante la primera semana de marzo, el contraste fue brutal. Mientras Olivia caminaba por el pasillo de madera crujiente con la cola en alto, feliz de tener nuevos olores que investigar, los gatos parecían haber decidido que la vida se terminaba en el borde del colchón. El silencio absoluto de los gatos escondidos frente al eco de las cajas vacías en el pasillo me ponía los pelos de punta. No era solo que no quisieran jugar; es que parecían haber olvidado cómo ser gatos. En Valparaíso, con una humedad relativa promedio del 75%, los olores se quedan pegados a las paredes, y para ellos, este lugar olía a pintura fresca, a polvo de mudanza y a la vida de los dueños anteriores, pero nada olía a ellos.

Lo que me salió mal aquí: Mi primer instinto fue intentar 'animarlos' sacándolos a la fuerza para que vieran que no pasaba nada. Error garrafal. Lo único que logré fue que uno de ellos me dejara un recuerdo en el brazo y que el otro se escondiera aún más al fondo, cerca de los motores de la lavadora. Los gatos son animales con una marcada neofobia, lo que significa que cualquier cambio en su entorno se procesa como una amenaza potencial para su supervivencia. Intentar acelerar ese proceso es como tratar de secar la ropa en un día de garúa: solo terminas con todo más mojado y frustrado.

Sombra de un gato escondido bajo una cama entre cajas de mudanza.

El error de la "habitación segura" eterna

A mediados de julio, cuando ya llevábamos unos meses aquí, me di cuenta de algo que muchos manuales de internet omiten o explican a medias. Me habían dicho que lo mejor era dejarlos encerrados en una habitación pequeña con todas sus cosas por tiempo indefinido. Pero aquí va mi opinión impopular: limitar a tu gato a una sola habitación durante días prolongados suele aumentar su ansiedad en lugar de reducirla, ya que les impide reconocer el territorio mediante feromonas. Si el gato no sale, el resto de la casa sigue siendo 'tierra de nadie'.

Los gatos necesitan marcar. Específicamente, necesitan depositar la fracción de feromona facial felina para marcaje territorial, conocida como F3, en las esquinas y marcos de las puertas. Si los mantienes encerrados, el mundo exterior a esa puerta se vuelve un monstruo que crece en su imaginación. Yo los tuve encerrados casi cinco días pensando que los protegía, pero cuando finalmente abrían la puerta, salían como si estuvieran entrando en un campo minado. Lo ideal es una habitación de seguridad solo para las primeras 24 o 48 horas, y luego permitir exploraciones cortas cuando la casa esté en silencio. Si vas a viajar con ellos antes de llegar al nuevo hogar, recuerda cómo preparar el transportín para gatos en viajes largos por carretera para que el inicio del trayecto no sea ya un trauma.

Gato frotando su cara contra el marco de una puerta de madera para marcar territorio.

El plato intacto y la punzada de ansiedad

Nada me dolió más que esa punzada de ansiedad en el pecho al ver el plato de cerámica con pollo y zapallo intacto por segunda mañana consecutiva. Como ya saben, desde principios de 2023 cocino para Olivia y para los gatos, y ver que despreciaban el menú que tanto me costó balancear me ponía los nervios de punta. No es solo un tema de 'mañas'; la lipidosis hepática felina puede desencadenarse si un gato deja de comer por completo durante apenas 48 a 72 horas debido al estrés. Su metabolismo no está diseñado para ayunos prolongados.

En esos días, me preocupaba incluso su temperatura corporal. Aunque la temperatura corporal normal de un gato oscila entre 38 y 39.2 °C, un gato estresado puede enfriarse si se queda quieto en un rincón sombrío sin moverse para regularse. Yo los tocaba y sentía sus orejas heladas. Fue ahí cuando recurrí a lo que mejor conozco: la cocina. No soy veterinaria, ni tengo certificación en nutrición (siempre consulten a su especialista en la clínica cerca de Plaza Aníbal Pinto si ven que no comen nada), pero sé que el olfato de un gato es aproximadamente 14 veces más fuerte que el de los humanos. Tenía que usar eso a mi favor.

Plato de cerámica con pollo y zapallo para gato, intacto sobre el suelo.

El poder del caldo de zapallo tibio

Después de unos tres meses de mudados, descubrí que el ancla emocional más fuerte no eran sus juguetes, sino el olor de la cocina los domingos. Cuando empiezo a picar el zapallo y a hervir los muslos de pollo para la semana de Olivia, el ambiente cambia. Para los gatos, ese olor es sinónimo de rutina, de 'el hogar donde vivíamos antes'. El truco que me funcionó fue ofrecerles pequeñas cantidades de caldo de zapallo tibio, casi como un té, servido en platos llanos para que sus bigotes no chocaran con los bordes (lo que les genera más estrés, por si no fuera poco con la mudanza).

Lo que me salió mal aquí: Una vez intenté mezclarles un poco de pescado para 'incentivarlos', pero el olor a pescado cocido en este departamento pequeño se mezcló con la humedad del puerto y terminamos oliendo como el muelle de Caleta Portales por dos días seguidos. A los gatos les dio más asco que hambre. Menos es más. Un poco de pollo desmenuzado, nada de aliños, y el zapallo bien molido. Para esto, mi báscula de cocina para pesar comida de mascotas es sagrada, no para ser una perfeccionista de los gramos, sino para no pasarme con las porciones de hígado que a veces les sueltan la guatita.

Mano sirviendo caldo de zapallo tibio en un plato llano para mascotas.

Reconectando con el territorio

La clave final fue la rutina. Los gatos odian las sorpresas casi tanto como yo odio que se me queme el arroz integral. Mantener los horarios de comida idénticos a los del departamento anterior fue lo que finalmente los sacó de abajo de la cama. A finales del verano pasado, ya los veía estirarse en el ventanal que da al puerto, mirando los barcos con esa indiferencia soberbia que tanto extrañaba. Habían empezado a frotar sus mejillas contra las patas de mi escritorio, el mismo donde paso horas editando audios, reclamando el espacio como propio.

Si estás en medio de este caos, ten paciencia. El estrés de una mudanza no se quita con flores de Bach ni con difusores mágicos de un día para otro (aunque los de F3 ayudan un poco). Se quita permitiéndoles ser dueños de su tiempo. Y si después de cocinarles algo rico te queda la cocina hecha un desastre, no te agobies, que yo ya aprendí por las malas cómo limpiar y desinfectar la cocina después de preparar comida de mascotas sin volverme loca en el intento.

Hoy, mientras escribo esto con Olivia roncando a mis pies y los gatos fingiendo que no se han visto en toda la tarde, entiendo que la mudanza terminó no cuando vaciamos la última caja, sino cuando el olor a pollo y zapallo llenó cada rincón del tercer piso, convirtiendo este lugar extraño en nuestro cerro particular.

Gato relajado en un ventanal con vista a los cerros de Valparaíso.
Nota: Para que quede claro: lo que lees aquí es mi propia perspectiva -- no es consejo profesional. Para temas de salud o dinero, pide siempre la opinión de un profesional que conozca de verdad tu situación.

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