
Eran pasadas las once de la noche en mi departamento del cerro cuando el narrador del audiolibro que estaba editando decidió hacer una pausa dramática. En ese silencio, justo antes de que el mar se escuchara contra la costa allá abajo, oà el suspiro pesado de la Olivia desde su cama. No era un suspiro de sueño, era ese sonido de decepción que solo una labradora de seis años sabe proyectar cuando siente que le han fallado. Me saqué los audÃfonos y la miré: ella sabÃa que era mediados de octubre y que, según mi calendario colgado en el refri, esa noche tocaba hornear su sorpresa de Halloween. El problema es que yo estaba muerta, pero con la Olivia no se negocia, menos cuando hay zapallo de por medio.
El trauma de los snacks industriales y por qué volvà a la feria
Si me hubieran visto hace un par de años, probablemente me habrÃan encontrado comprando esas galletas de colores estridentes que venden en el Jumbo para estas fechas. Pero el 2023 me enseñó una lección bien amarga (y cara). Por estas mismas fechas, le compré unas galletas con forma de calavera que tenÃan un glaseado naranjo brillante precioso. Resultado: una semana entera de Olivia con diarrea, visitas urgentes a la clÃnica cerca de Plaza AnÃbal Pinto y yo limpiando la alfombra del living con una cara de 'por qué no leà la etiqueta'. La veterinaria fue súper clara: esos colorantes y el exceso de decoraciones detalladas suelen causar problemas digestivos innecesarios, especialmente en perros con estómagos que ya son un drama, como el de la Oli. Desde entonces, mi regla de oro es: si no puedo pronunciar el ingrediente o si el color parece sacado de una pelÃcula de neón, no entra en su plato.

Esa experiencia fue el empujón final para empezar con la transición de pienso a comida natural cocida. Asà que ahora, para Halloween, la cosa es simple: zapallo camote de la feria del Cardonal, harina de avena y un toque de hÃgado para que el olor la vuelva loca. No necesito colorantes artificiales para que las galletas se vean 'temáticas'. El zapallo ya da ese tono otoñal perfecto y, si quiero algo más oscuro o 'espeluznante', uso un poco de polvo de hÃgado deshidratado que compré una vez y que dura una eternidad.
El zapallo: el protagonista que a veces sale muy jugoso
El fin de semana antes de Halloween me puse manos a la obra. Compré un trozo de zapallo gigante (de esos que pesan como un niño chico) y lo puse a hervir. Aquà viene mi primer 'lo que me salió mal': la primera vez que hice esto, simplemente molà el zapallo y le tiré la harina encima. Mal. El zapallo hervido tiene cerca de un 90% de contenido de agua, lo que significa que si no lo estrujas bien o lo dejas secar un poco, la masa se vuelve un chicle imposible de manejar. Terminé con las manos pegoteadas y la Olivia tratando de lamerse la masa de mis dedos mientras yo intentaba desesperadamente que el cortador en forma de murciélago no se quedara enterrado en la mezcla.
Ahora lo que hago es asar el zapallo o, si lo hiervo, lo dejo un buen rato en un colador. El olor dulce y terroso del zapallo asado llenando la cocina es una maravilla, llega a tapar el olor a mar salado que entra siempre por mi ventana del tercer piso. Es casi hipnótico, hasta que te das cuenta de que tienes a dos gatos tabby sentados en la entrada de la cocina fingiendo que no se conocen pero compartiendo el mismo plan de asalto al mesón.
Manejando las porciones (sin volverse loca con los gramos)
Como no tengo formación veterinaria ni certificación en nutrición (soy solo una editora de audiolibros que quiere que su perra viva cien años), me apoyo mucho en las herramientas que sà sé usar. Abrà los materiales de mi curso de reposterÃa canina que tengo en Hotmart para no andar adivinando. Ahà aprendà que, por muy naturales que sean, los snacks no pueden ser barra libre. Hay una regla que trato de seguir a rajatabla: los premios no deben superar el 10% de la ingesta calórica diaria total del perro. Como la Olivia es una labradora de tamaño respetable, eso me da cierto margen, pero igual tengo que cuidar que no se convierta en una calabaza con patas para noviembre.

Para no equivocarme, suelo usar la calculadora de alimentación cocida para perros adultos que ya tengo configurada con su peso y nivel de actividad. No es que pese cada galleta individualmente (la vida es muy corta para eso), pero sà me da una idea de cuántas tazas de harina y cuánto zapallo puedo meter en la mezcla base sin desequilibrar todo. Es mucho más fácil que andar con la calculadora del celular a cada rato, sobre todo cuando tienes las manos con harina.
Ingredientes básicos para mis galletas 'espeluznantes'
- Zapallo camote: Un buen trozo, asado o hervido y bien escurrido.
- Harina de avena: Lo que vaya pidiendo la masa hasta que deje de pegarse a los dedos.
- HÃgado de pavo o vacuno: Un puñado pequeño, cocido y procesado (opcional, pero es el 'crack' para ellos).
- Un huevo: Para amalgamar todo, si es que la masa está muy rebelde.
El truco del hÃgado y el 'secreto' del color oscuro
El año pasado, una mañana neblinosa de esas que te calan los huesos en Valpo, se me ocurrió intentar hacer galletas negras usando carbón activado (lo vi en Instagram, qué les puedo decir). Fue un desastre. No solo la cocina quedó como si hubiera explotado una mina de carbón, sino que me dio miedo que le afectara la absorción de sus comidas normales. Asà que volvà a lo natural. El hÃgado, cuando se cocina bien y se deshidrata un poco en el horno, da un color café oscuro, casi negro, que queda genial para los murciélagos de Halloween.

Eso sÃ, con las vÃsceras no se juega. Aprendà a la mala que si te pasas de la raya, el exceso de Vitamina A puede ser un problema. Además, el olor... bueno, digamos que mis vecinos debieron pensar que estaba invocando algo en el cerro. Si quieres hacerlo bien, te recomiendo leer sobre cómo preparar vÃsceras y menudencias correctamente para no pasarte con las cantidades. Yo ahora uso apenas un poquito para dar sabor y color, asegurándome siempre de que el interior de cualquier snack que lleve órgano llegue a los 70°C para eliminar cualquier bicho raro, aunque después las deje secar más tiempo para que queden crujientes.
El proceso de horneado: paciencia y dolor de espalda
Aquà es donde entra el realismo puro. Mi cocina es pequeña y el mesón es bajito. Después de estar estirando la masa y usando los cortadores para sacar unas treinta galletitas en forma de calabaza y fantasma, termino con un dolor en la zona lumbar que me recuerda que ya no tengo veinte años. Es un dolor sordo, de esos que solo se pasan con un guatero y un té, pero ver la cola de la Olivia golpeando rÃtmicamente el piso cada vez que abro el horno hace que valga la pena.
Lo que me salió mal aquÃ: la temperatura del horno. Mi horno es un temperamental y la primera tanda salió casi quemada por fuera y cruda por dentro. Las galletas para perros, si quieres que duren en un Tupperware sin ponerse rancias, tienen que estar bien secas. Ahora las pongo a fuego bien bajito y las dejo más tiempo. No busco que se doren como mis empanadas, busco que pierdan la humedad. Si quedan blandas, duran tres dÃas; si quedan duras como piedra, duran un par de semanas (si es que la Olivia no descubre dónde las guardé).

Evita las decoraciones 'de humanos'
Sé que es tentador querer que las galletas se vean dignas de una foto de Pinterest con relieves de yogurt o decoraciones de algarroba. Pero sinceramente, a la Olivia le importa un bledo si el fantasma tiene ojos o no. Mi ángulo único en esto es la simplicidad radical. He visto recetas que usan 'frosting' de queso crema con colorantes naturales como betarraga. El problema es que la betarraga a veces le suelta el estómago a los perros sensibles, y el queso crema... bueno, es grasa pura. Para un perro con historial de problemas digestivos, es como jugar a la ruleta rusa.
Prefiero mil veces una galleta rústica, de un solo color, pero que yo sepa exactamente qué tiene. Nada de relieves complejos que se puedan quebrar y dejar pedacitos por toda la casa, o que lleven miel en exceso solo para que brillen. Si quieres que brillen, dales un barniz ligero con un poco de huevo batido antes de entrar al horno y chao. Menos es más, especialmente cuando no quieres pasar el 31 de octubre en la veterinaria de turno.
El veredicto final y el click del Tupperware
Al final de la jornada, tengo un frasco lleno de galletas de zapallo y avena que huelen a gloria. Nada que ver con el olor metálico y artificial de las que compraba antes. Recuerdo una vez que intenté hacer unas de pescado (siguiendo una lógica de 'mar para la perra del puerto') y el olor a Caleta Portales se quedó pegado en las cortinas por dos dÃas. Nunca más. El zapallo es seguro, es limpio y a ella le encanta.

Cuando por fin guardo todo y cierro el frasco, el sonido del 'click' de la tapa es como una campana de Pavlov. La Olivia aparece al tiro, con esa cara de 'yo no fui' pero con un hilito de baba asomando. Le doy una, la más chica, y escucho el 'crunch' satisfactorio. Sé que lo que está comiendo es 100% controlado, que el zapallo le va a ayudar con la fibra y que mañana no vamos a tener sorpresas desagradables en el paseo matutino por el cerro. Obviamente, yo no soy médico, asà que si tu perro tiene alguna condición rara o es alérgico a todo, habla con tu propia veterinaria antes de meterte a la cocina. Pero para nosotros, estas galletas de Halloween se han vuelto una tradición que ni el trabajo más pesado de edición me puede quitar. Ahora, si me disculpan, me voy a poner el guatero en la espalda mientras la Olivia sueña con campos de zapallos gigantes.